miércoles, 21 de agosto de 2013

Ciudades de Kishar

Me he decidido a intentar recrear con más detalle una de las urbes que aparecen en la Puerta de Ishtar. Como dije en el primer post acerca del mundo de Kishar, su autor ha conseguido acertar para mí en la forma de proveernos de información justita para hacer volar nuestra imaginación, pero al mismo tiempo es lo bastante completa como para darnos una idea bastante buena de cómo es el mundo en el que transcurre. Y eso para mí es estupendo. Me gusta, como a muchos Directores de Juego (DJ a partir de ahora), trastocar e incluir nuestro granito de arena personal, y es lo que pienso hacer con la ciudad que he elegido, que en este caso es la de Mari, la más noroccidental de todas.

Pero primero, haré una conceptualización de lo que implica una ciudad en el mundo de Kishar, para conocer el significado que tiene para sus habitantes.

Las urbes del mundo antiguo no eran las grandes ciudades que se suelen estudiar en las clases de historia. Aunque aún se debate la población que debía habitarlas, las primeras urbes de la civilización urbana ni siquiera llegarían al tamaño que muchas polis griegas y colonias romanas experimentarían milenios después. Se estima que entre 2000 y 8000 personas es una cifra razonable. Más de 10.000 es algo que muchos arqueólogos e historiadores no creen posible por las condiciones geofísicas de la región.

Cuando se suele pensar en las ciudades de Mesopotamia, se tiende a pensar en ellas con esas famosas estructuras que son los zigurats como elemento definitorio de las mismas. Aunque ciertamente formaban parte de la arquitectura, en la mente de los mesopotámicos una ciudad era todo asentamiento que incluyese una muralla. Esto, que parece una tontería, no lo es para nada por muchos motivos. Uno de ellos es el esfuerzo colectivo necesario para construir una, ya que se necesita una gran riqueza (la mayoría de las ciudades debían importar piedra para ello) y una importante organización social (especialización del trabajo y mano de obra en grandes cantidades), algo que sólo determinadas poblaciones lograban. Un segundo motivo es la psicología de los habitantes: una muralla era un elemento defensivo contra invasiones que proporcionaba seguridad, y en un mundo hostil como el de aquella época, no contar con una muralla hacía que tanto sus enemigos como los propios ciudadanos se sintieran débiles y a merced del mundo exterior; como dato que refleja esta proyección de la mentalidad de la época, era corriente entre los conquistadores destruir las murallas de los vencidos, para mantenerlos sometidos y débiles, y cualquier signo de reconstrucción sin permiso de los vencedores era considerado un signo de rebeldía. Por último, en el apartado cultural, las murallas definían la civilización frente al barbarismo del mundo exterior, pues para los mesopotámicos, las ciudades eran el centro social de la humanidad, sin las cuales el hombre degeneraría, y no es casualidad que el aparato administrativo, religioso y judicial estuviese intramuros.

Esto sigue siendo igual de válido en Kishar. Las ciudades estado son concebidas como islas de civilización y seguridad en medio del peligro y la hostilidad que rodea a las ciudades. Vivimos en una época en la que la seguridad de los caminos asfaltados nos permiten viajar con despreocupación. En Mesopotamia, tanto como en el mundo de la Puerta de Ishtar, no existían sendas pavimentadas, sólo hitos geográficos que señalaban la dirección correcta. Los animales salvajes vagaban a sus anchas: te podías encontrar con manadas de leones, solitarios leopardos o guepardos, serpientes venenosas y otras alimañas. Incluso animales más serenos, como los elefantes o las manadas de toros salvajes, pueden resultar en accidentes mortales. Lo más parecido a ir por un camino seguro son los ríos y sus afluentes, rutas que pasan por centros de abastecimiento, aunque los hipopótamos, cocodrilos y otras criaturas pueden dar algunas sorpresas. Y eso sin hablar de asaltantes mortales que ataquen durante la noche, o en el mundo de Kishar, de criaturas sobrenaturales y bestias mitológicas terrible. Entrar dentro de una ciudad, por tanto, representaba por tanto entrar en un oasis de seguridad para sus habitantes.

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